Si me preguntasen que pienso en realidad, respecto a qué sucederá al final, sincera e íntimamente creo que tocaremos fondo con este problema y con un desenlace muy difícil, y según las previsiones más pesimistas donde las peores expectativas, creo, se van a cumplir. A pesar de que podría ser todo muy sencillo de solventar, sin embargo me invade una sensación de inevitable catástrofe y alarma. No demasiado diferente a la opinión generalizada que suelo percibir de la gente. Cuando refiero este asunto con la gente, veo también que coincido con la misma sensación de pesimismo, pero últimamente estoy percibiendo una ligera diferencia en matices de ese pesimismo, y no pretendo con esto, al mío tildarlo de realista. Para mí, éste es un pesimismo catastrófico, alarmante, sin embargo en la gente percibo un pesimismo más natural, mas resignado, como algo que tienen que ser inevitablemente pronto o tarde. No lo ha sido con el cambio de milenio en la edad media, o con determinadas alineaciones planetarias, no lo ha sido con la amenaza nuclear, y si no lo es con el cambio climático, pues que lo sea con alguno de los asteroides que nos acechan, que más da. Es como una rendición natural ante un problema que pronto o tarde ha de venir. Algo que está en el subconsciente de nuestra raza y que se espera desde siempre. Esa diferenciación que estoy notando últimamente entre final catastrófico y apocalíptico, es curiosamente para mí, lo que más me preocupa y más me enfría el ánimo. Un pesimismo de abandono a nuestra suerte y rendición ante problemas que no están a nuestro alcance solucionar, en este caso también a caballo de la esperanza de que termine con nuestras desdichas, y con un mundo de desdichas que en realidad no debería haber existido nunca. Pesares inmensos no justificados por nuestra insignificancia ante tamaña creación